Confesionario

CÓMO TARDAR DOS HORAS EN DAR LA VUELTA A LA MANZANA

11 marzo, 2015

primeros pasos bebé

“Mamá: hoy no quiero ir en la sillita. Ya soy mayor y prefiero ir andando y así estirar un poco las piernas”. Fue lo que me dijo el otro día mi peque cuando la fui a sentar en el carrito para bajar a comprar el pan. Bueno, esa es más bien la traducción a un lenguaje que podáis entender vosotras. Lo que hizo fue patalear y llorar sin parar desde que la cogí para sentarla hasta que, finalmente, se salió con la suya y la dejé de pie en el suelo. Total, voy solo aquí abajo, pensé. ERROR. Treinta y cinco minutos para bajar a por el pan.

Porque, claro está, ella no tenía ningún tipo de prisa. Para ella lo único importante en ese momento era saludar a la cartera, abalanzarse sobre un perrito despistado que pasaba por allí, mirar qué era aquello que hacía tanto ruido al caer en el contenedor de cristal, volver a saludar a la cartera, señalar a un niño que salía del cole en patinete (por su cara de entusiasmo creo que me intentaba decir que ese modelo se lo pide para reyes del año que viene) y decirle a la panadera que no se enrollara tanto en decirle que iba muy guapa y que era muy simpática y que se diera más vida en darme la barra de pan, que tenía ganas de catarla.

Y es que ya nada volverá a ser como era. Eso es una chorrada bastante obvia, lo sé, no es que me haya vuelto loca. Por supuesto que nada volverá a ser como antes de ser madre pero lo que intento decir es que, cada vez, los cambios se notan más. A pesar de que se supone que el cambio más brutal que experimentan unos papis primerizos se produce en el momento en el que el retoño llega al mundo, a mí me da que no es del todo así. Dejad que me explique.

Resulta que, con la llegada del bebé, se produce toda una revolución. De ser una pareja, pasamos a ser una familia y de hacer lo que nos apetece, pasamos a hacer lo que podemos. De dormir toda la noche, a dormir tres o cuatro horas y, de tardar diez minutos en prepararnos para salir de casa, pasamos a tardar diez horas. Sin embargo, los primeros meses, dentro del vuelco que da la vida, había ciertas cosas que podía seguir haciendo a mi ritmo y que ahora me resultan imposibles, como, por ejemplo, pasear.

Últimamente, la primavera se está empezando a asomar por aquí y, con ella, comienza la temporada oficial de paseos felices. Y es precisamente ahora cuando nos hemos dado cuenta de que los paseos nunca volverán a ser como antes. El concepto ha cambiado totalmente. Cuando éramos solo una pareja, el ritmo y el destino del paseo lo marcábamos nosotros. Salíamos de casa y, sin ningún tipo de horario ni obligación, cogíamos el rumbo que más nos apetecía y tirábamos hasta que nos cansábamos y decidíamos volver. No había más que pensar. Con la llegada de la princesa, los tempos cambiaron porque había que ajustarlos a sus comidas y saber que, o bien salíamos de casa con provisiones, o las salidas no podían durar más de tres o cuatro horas, como mucho. Sin embargo, el ritmo del paseo lo seguíamos marcando nosotros. Ella iba sentada en la sillita, bien abrigadica y disfrutando del paseo sin más complicaciones. Pero ha sido ahora cuando la cosa ha cambiado por completo. Se nos ha juntado que ha venido Lorenzo a visitarnos cinco días seguidos y estamos como locos de contentos y que a la peque cada día le gusta más andar y corretear a su aire y menos ir sentada en la sillita.

Antes en dos horas íbamos al centro, dábamos una vuelta, echábamos un par de pintxos y volvíamos a casa. Ahora en dos horas, como mucho conseguimos dar una vuelta a la manzana.

Porque por solo verle sonreír, cedemos y le dejamos que vaya andando y tratamos de ser nosotros los que nos adaptamos a su ritmo y no al revés. Normalmente, después de media hora y haber avanzado como mucho veinte metros, se nos agota la paciencia y terminamos montándola en la sillita pero, por lo general, el paseo comienza con ella como capitana marcando el ritmo y el rumbo. Sin embargo, debemos tener cuidado porque cualquier cosa, y cuando digo cualquier cosa, quiero decir cualquier cosa, puede causar una parada infinita.

La interrupción más habitual viene dada por los perros que le vuelven loca y que pueden hacer, bien que avancemos cien metros en cinco segundos si lo ve a lo lejos y lo quiere intentar coger, o bien que los retrocedamos si da la casualidad de que el perro se encuentra detrás. El segundo motivo para hacer un alto en el camino o, incluso, cambiar de rumbo son los niños. Aún no la llevamos a la guardería y en nuestro entorno no hay muchos niños por lo que no está muy habituada a tratar con ellos. Sin embargo, creo que no va a tener muchos problemas de sociabilidad porque cada vez que ve a uno aparecer por el horizonte se abalanza sobre él en busca de abrazos y besos. ¡Como si nosotros no le diéramos los suficientes! Y, además de esos dos motivos principales, existen otros muchos que van variando dependiendo del día: un semáforo que hace ruido, una cáscara de pipa en el suelo, un adulto hablando por teléfono, una moto que pasa a toda velocidad o una señora con el pelo teñido de morado son solo algunos ejemplos que me vienen a la cabeza sin pararme a pensar mucho.

¿Qué me contáis vosotras? ¿Qué es lo que más capta la atención de vuestros peques cuando vais por la calle? ¿Cómo han cambiado vuestros paseos? ¿Tenéis algún truco para que avanzar no sea misión imposible?

 

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    Miriam 12 marzo, 2015 at 17:05

    Aunque mi pequeño cavernícola anda desde hace mucho, no se suele quejar cuando le meto al carro….. La tabla la ha hecho 3 o 4 veces…… Pero cuando bajamos (ahora que empieza el “buen tiempo”) con la moto o sin el carro……. Ay madreeeeee!!!!! Menos para donde tenemos que ir,para todos lados que se marcha…….. Todo le viene bien,el perro,el papel del suelo,la alcantarilla,el escaparate…… Paciencia!!!!!

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      Un chupete para mamá 16 marzo, 2015 at 08:23

      ¿Que empieza el qué, decías? Me parece que aún nos queda tiempo para volver a disfrutar de Lorenzo… Lo de cambiar el sentido de la marcha es todo un clásico. Yo rezo para que los perros aparezcan delante y no detrás porque si no, olvídate.

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    mamirecientecuenta 12 marzo, 2015 at 15:48

    mi peque todavía es demasiado pequeña y aún no camina. La verdad es que ella en la mochila va encantada. Viéndolo todo. Y cuando alguien se acerca, una de dos, o le gusta, le sonríe y le hace alguna pedorreta para que se ría, o esconde la cabeza en mi escote. jejejejeje. Y el miedo lo tengo cuando me pase como a vosotros. Que no quiera ir en la mochila o en el carrito y quiera caminar, porque veo que es igual de curiosa que yo. jejejeje.
    Saludos

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      Un chupete para mamá 16 marzo, 2015 at 08:21

      Pues véte preparando un carro de paciencia porque hace falta mucha para conseguir avanzar solo diez metros en media hora. Aún así, si te lo tomas con humor, no deja de tener su gracia :-)

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    Diario de una Mami 11 marzo, 2015 at 23:44

    ¡Jeje! Con mi Pegotito es tal cual lo cuentas. Subirla en el carro es misión imposible, se pone a llorar y patalear. Le chiflan los perros y los pájaros. Y no para de saludar (con la mano y hablando) a todo el que se cruza en nuestro camino. Adiós a los paseos. Ha comenzado la temporada de parques.

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      Un chupete para mamá 16 marzo, 2015 at 08:19

      Pues sí, ahora que lo dices el parque es seguramente mucho mejor opción que los paseos. Por lo menos, una vez que llegas ya no te tienes que mover de allí. De todas formas, con el frío que hace otra vez por aquí, a una se le quitan las ganas de todo :-(